Ningún presidente es mago

Por Mauricio González

El Presidente de la República de El Salvador ejerce su cargo por un período de 5 años en contraposición con los grandes empresarios salvadoreños, quienes según sea el caso, sus historias familiares con facilidad datan del Siglo XIX. Cronológicamente los períodos presidenciales en el país podrían medirse a cuenta gotas en comparación a los demás elementos de poder que se interrelacionan en su entorno, el sector empresarial, sindicatos, movimientos, Órgano Legislativo, Órgano Judicial, Fiscalía General de la República, Corte de Cuentas, poderes mediáticos, naciones extranjeras, así podrían enumerarse otras instituciones, potencias u organismos jerarquizados en El Salvador y el Mundo.

Ante dicho panorama vemos que el poder de un presidente es relativo mientras ejerce su cargo y difuso en el tiempo. Diferentes grupos o instituciones buscan salvaguardar sus intereses, no busco entrar en un debate ético consecuente sobre dichos intereses, lo único que me importa transmitir es que cada quien defiende lo que le conviene.

Imagínese la gran cantidad de intereses que cualquier presidente debe tratar de solventar en el país, por un lado los industriales, por otro los artesanos, los financieros, sindicato de maestros, sindicato de obreros, industria de agrícola, caficultores y un sinfín de organizaciones. Cuando entendemos que un presidente, junto a su gabinete y ministros deben intentar solventarles los intereses a todos los salvadoreños inevitablemente estos se traslapan, afectan a uno y benefician a otro.

Y es que los presidentes salvadoreños cuando llegan a su  cargo llevan consigo a cuestas una gran deuda de quienes apoyaron su candidatura, financiaron su campaña y quién sabe cuántos favores que deberán ser pagados durante su período presidencial.

Llegar a un cargo presidencial representa la difícil tarea de tratar de unir los intereses generales de la sociedad, los que en muchas ocasiones se ven opacados por intereses menores.

Seamos conscientes, un presidente no es un mago que por arte de magia va a sacar al país del subdesarrollo y del bajo crecimiento económico, violencia y todos los males que nos afectan. La figura presidencial es un elemento jerárquico que debe bosquejar y trazar las directrices del bienestar, además de brindarnos un ambiente óptimo para el desarrollo económico, sea que venga de un lado o del otro.

Los que deben ensuciarse las manos y rajarnos la espalda somos nosotros, los empleados, los empresarios. No debemos tener la esperanza que un presidente por su bonita campaña va mejorar nuestra calidad de vida como si el territorio nacional estuviera asentado en grandes reservas de petróleo o betas de oro.

Somos los salvadoreños quienes debemos impulsar el desarrollo nacional, cimentado en la educación y en los valores éticos y pragmáticos que nos ayuden a convivir con los demás. El futuro está en nuestras espaldas, no en el de ningún presidente de derecha o de izquierda, el futuro se construye sobre la base de trabajo, constancia, responsabilidad y creatividad. Elementos con los que podemos darle la cara al Siglo XXI.

* Esta columna fue publicada por primera vez el 05/04/2014 en MedioLleno.SV

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