El mito de Israel

Por Mauricio González

Es iluso tratar de comprender la guerra en Siria –y cualquier otra– a través de argumentos simplistas como la lucha del bueno contra el malo, el que viola los derechos humanos y el que no los viola.

Dentro de las guerras va implícita una serie de elementos políticos, económicos, territoriales, históricos, religiosos y culturales que las vuelve complejas.

En días recientes leí un lamentable escrito del pastor Tobías Junior titulado “Justos por pecadores”, en el cual hacía referencia al derecho divino de Israel a impulsar guerras y de cómo “todo reino que ha intentado destruir a Israel, el pueblo escogido, ha pagado con creces su intención de corazón, enfermedad, terror, dolor y muerte”, cita textual. Para entender al moderno Estado de Israel se debe separar el aspecto político del religioso; si no, cualquier análisis académico está sentenciado al caos de ideas y de argumentos. El pueblo judío es heredero de una religión milenaria llamada judaísmo que junto al islamismo y al cristianismo son las tres religiones monoteístas más difundidas en el planeta. El judaísmo, como las demás religiones, busca a través de sus valores culturales cimentar normas de convivencia apropiadas para sus fieles, es igual de respetable que las demás religiones del planeta, prueba de ello es que existen millones de practicantes alrededor del mundo. Una acotación, la religión cristiana tomó a través del Antiguo Testamento enseñanzas judaicas. Pero Tobías, ¿acaso no vino un “salvador” para derribar lo viejo e instaurar un Nuevo Testamento?

Por otro lado, se encuentra la política exterior practicada por Israel, un Estado impuesto después de la Segunda Guerra Mundial y que venía fraguándose siglos atrás con el apoyo de importantes familias judías como los Rothschild. Hacia finales del siglo XIX, judíos y palestinos vivían juntos en el moderno territorio de Israel; sin embargo, un nuevo movimiento político de corte religioso llamado sionismo e iniciado por Theodor Herzl buscó el regreso de los judíos al actual Israel. Su cabildeo llegó hasta Londres, donde en 1917 el Gobierno británico –antigua potencia hegemónica– publicó la Declaración de Balfour, donde reconocía favorable la creación de un Estado judío en lo que para ese entonces constituía el Mandato Británico de Palestina. La oportunidad llegó después de la II Guerra Mundial en 1947 y contó con el apoyo de la ONU.

Desde ese momento Israel se vio envuelto en una serie de confrontaciones militares con los países vecinos Egipto, Irak, Líbano y Siria. Estos no aceptaron la partición de Palestina.

De allí en adelante Israel ha practicado una política expansionista en la zona, echando mano de su poderoso lobby sionista que cabildea decisiones en los principales centros del poder mundial. No es casualidad que Washington mantenga ayuda militar en Tel Aviv, y que este cuente en su arsenal armas convencionales, químicas y nucleares. Israel al igual que Corea del Norte no ha ratificado el Tratado de No Proliferación Nuclear; un crimen contra la humanidad fue el que cometió en 2008, cuando inició la operación Plomo Fundido, en la que utilizó fósforo blanco contra niños palestinos, quienes se mantienen separados por un muro de la vergüenza que supera por creces al ex Muro de Berlín, privándolos de sus aire, costas. ¿Este es el Israel que Dios quiere para con sus semejantes? “Siempre he dudado de los mesiánicos, de los que dicen representar a Dios.”

* Esta columna fue publicada por primera vez el 15/09/2013 en La Prensa Gráfica

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