Células madre, presente y futuro de la medicina

Por Mauricio González

El siglo XXI inició. Período histórico que trae consigo una revolución científica y tecnológica nunca antes vista en la historia de la humanidad y que permea diferentes áreas del conocimiento que poco a poco van evolucionando hasta convertirse en beneficios cotidianos para el humano promedio.

En el campo médico, la punta de lanza para este siglo comienza a esbozarse, tal como sucedió con la penicilina durante el siglo XX, el tratamiento con células madre de la mano con la genética promete ser el nuevo paso de la medicina moderna.

Puede imaginarse que a través de la grasa de una persona adulta puedan extraérsele una serie de células y que posteriormente estas células sean convertidas en cualquier tipo de tejido humano, pudiéndose transformar en tejido cerebral, renal, cardíaco, pancreático y de cualquier otro tipo para después administrarlas al mismo paciente y obtener resultados eficaces en una amplia diversidad de enfermedades degenerativas, como esclerosis múltiple, Alzhéimer, Parkinson, leucemia, diabetes. Algunos doctores son más audaces al sugerir que las células madre podrían utilizarse en terapias contra diversos tipos de cáncer, personas parapléjicas, entre otras.

La investigación de las células madre se mantuvo estacanda en Estados Unidos, uno de los principales desarrolladores de esta tecnología, por prohibición del expresidente George W. Bush; Barack Obama levantó la prohibición y posteriormente la Food and Drug Administration (FDA) avaló una serie de experimentos para diferentes enfermedades.

Debemos reconocer que la historia de la medicina es la historia del rechazo al cambio, muchos de los mayores descubrimientos en el campo médico inicialmente fueron rechazados por la comunidad científica y tuvieron que pasar décadas y en ocasiones siglos para ser aceptados como un tratamiento válido y eficaz contra muchas enfermedades. Ignaz Semmelweis, médico europeo del siglo XIX que nació dentro del Imperio Austro Húngaro, fue despedido del hospital donde trabajaba por pedirle al personal de maternidad que lavara sus manos antes de atender un parto. Misma suerte corrió Jacques Cartier al sugerir que la vitamina C curaba el escorbuto; Joseph Goldberger con la pelagra, y más recientemente Stanislaw Burzynski y sus antineoplastons, entre otros.

Históricamente, la implementación de nuevos tratamientos se ha visto obstruida por la arrogancia médica de muchos doctores –no todos– quienes únicamente siguen un libreto escrito y martillado dentro de las universidades y que rigen su práctica profesional por los designios de su comunidad médica. Eso los hace perder el afán innovador de los primeros grandes médicos.

Por otro lado se encuentra el dogmatismo impráctico de la iglesia que se guía por escritos anacrónicos y que no acepta la implementación de tratamientos eficaces que podrían mejorar la calidad de vida de millones de personas, concretamente la utilización de células madre embrionarias.

Este es pues el precoz siglo XXI, período histórico que está marcado por la genética, rama de la ciencia que sin duda continuará reinventándose y realizando tratamientos más audaces para enfermedades que hoy por hoy son sinónimo de muerte.

Este siglo traerá consigo tratamientos médicos y de belleza a base de células madre que probablemente serán vendidos en farmacias y serán capaces de regenerar órganos y funciones de nuestro cuerpo. Pero estos adelantos deben ser democratizados, es decir, bajar precios.

* Esta columna fue publicada por primera vez el 31/03/2013 en La Prensa Gráfica y republicada en MedioLleno.SV

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